viernes, 24 de julio de 2015

«EL GRAFÓGRAFO» - SALVADOR ELIZONDO

EL GRAFÓGRAFO

a Octavio Paz


Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

jueves, 16 de julio de 2015

«KAFKA Y EL ANARQUISMO» - MIJAL LEVI

El problema de la dimensión política en los escritos de Kafka como una cuestión metafísica y psicológica separada, ha sido descuidado por sus biógrafos y críticos. La mayoría de ellos recuerda sus relaciones con los círculos anarquistas de Praga, sin atribuirle significado alguno. Por otra parte, numerosos comentaristas reconocen que uno de los temas fundamentales de la obra de Kafka es la lucha del hombre contra la máquina burocrática en sus múltiples aspectos.
Hurgando en el contenido de sus principales obras y a la luz de su biografía, que es testimonio de su simpatía hacia las agrupaciones anarquistas, se puede encontrar una relación que arroja nueva luz sobre su mundo espiritual. Por supuesto que esta relación «política» es fragmentaria: el mundo de Kafka es mucho más rico, más complejo y más polifacético como para que se lo pueda trasmitir en una fórmula condensada, aislada.

El testimonio biográfico
De la época en que Kafka comienza a trabajar en la Caja de Seguros para Obreros datan sus contactos con los círculos anarquistas o para-anarquistas de Praga.
Según las referencias de Mijal Kasha, uno de los fundadores del movimiento anarquista en Praga, y de Mijal Mares, en aquel entonces un jovencito anarquista, Kafka participó en las reuniones anarquistas del «Mlodite Club», de la organización antimilitarista y anticlerical de la asociación obrera «Viles Kerber»; participó también en el movimiento anarcosindicalista checo. Ambos testigos concuerdan en que Kafka mostraba gran interés por lo que se discutía en las reuniones, pero nunca pidió la palabra ni participó de los debates. Kasha, que lo estimaba muchísimo, solía llamado «Klidos», que significa algo así como «el gigante pacífico».
Mijal Mares cuenta que, invitado por él, Kafka asistió a reuniones y conferencias anarquistas. La primera de ellas fue una manifestación de protesta por la sentencia de muerte al pensador y educador anarquista español Francisco Ferrer. Kafka participó en la reunión que fue disuelta por la policía.
En el año 1912 Kafka participó también en la manifestación que se realizó como protesta contra la imposición de la pena de muerte al anarquista Liabedz en París. La demostración fue violentamente disuelta por la policía. Entre los detenidos en aquella oportunidad se encontraba también Kafka.
Mares cuenta que Kafka leía con interés y simpatía los escritos de los diversos teóricos y expositores anarquista s como Domela Niewenhuis, los hermanos Reclus, Vera, Finger, Bakunin, Jean Grave, Kropotkin, por ejemplo.
Existen otros dos testimonios de las inclinaciones antiautoritarias de Kafka y de su simpatía por los trabajadores oprimidos. En su conocida creación «Carta al padre» (1919) califica la actitud de su progenitor en el comercio como tiránica y lo acusa con las siguientes palabras:
«A tus empleados los llamabas ‘enemigos pagados’; y lo eran, pero aún antes de que lo fuesen tú me parecías ser su enemigo que paga. (...) Es verdad que exageraba, ya que sin más suponía que causabas a esa gente una impresión tan terrible como a mí. (...) Pero a mí se me hacía insoportable el negocio, me recordaba demasiado mi relación contigo. (...) Por eso, necesariamente tenía que pertenecer yo al partido del personal».
Aquí encontramos un nexo entre la rebeldía frente al dominio paterno y la rebeldía anarquista ante la fuerza económico-política imperante.
Es bien conocido el profundo odio que Kafka sentía hacia su trabajo en la compañía de seguros, a la que tildaba de «nido de oscuros burócratas». No podía soportar el sufrimiento de los obreros perjudicados y de sus desgraciadas viudas, que eran introducidas en el laberinto jurídico-burocrático de la Caja de Seguros Obreros. La frecuentemente citada frase, mencionada por Max Brod, es una aguda y sugerente expresión de su manera de pensar: «Qué mansa es la gente; llegan a nosotros con sus súplicas, en lugar de tomar la oficina por asalto y destruirla, nos vienen a pedir misericordia». El espíritu anarquista de esta frase — bajo la cual Bakunin agradecido estamparía su firma — es lo suficientemente claro como para recordarnos la posición de Kafka frente a las instituciones democráticas.
Max Brod dice que la estructura realista de muchos capítulos de «El Proceso» y «El Castillo» tienen su origen en la oficina de seguros. Está fuera de toda duda que este trabajo burocrático y la rebeldía de Kafka constituyen una de las fuentes del espíritu libertario que traslucen sus escritos.
¿Constituye la tendencia anarquista en la vida de Kafka una pasajera expresión juvenil limitada a los años 1909-1912? Es cierto que después de 1912 Kafka dejó de participar en sus actividades con los anarquistas checos y comenzó a demostrar un interés mayor por los círculos judíos y sionistas. Pero debemos recordar sus charlas con G. Janusz, allá por el año 1920, no sólo porque llama a los anarquistas checos «queridas y alegres personas (...) tan cariñosas y fraternales que casi a la fuerza creemos en sus palabras», sino porque las opiniones sociales y políticas que desarrolla están muy cerca del anarquismo. Así, comenta con Janusz la no admisión de los poetas en la República de Platón: «Los poetas proveen al hombre de nuevos ojos y de esta manera intentan introducir una modificación en el mundo real. Por eso son elementos peligrosos para el Estado, porque reclaman transformaciones. Pero el Estado y sus fieles servidores tienen una sola y excluyente voluntad: permanecer». Hay que interpretar que Kafka se considera él mismo como uno de esos poetas que hace peligrar la permanencia del Estado.
Kafka define al capitalismo como un «sistema dependiente de relaciones en que todo tiene jerarquía, todo está encadenado». Este es un pensamiento típicamente anarquista en el que se subraya el carácter opresor y esclavista del régimen vigente.
Su actitud escéptica frente al movimiento obrero es también una consecuencia de la desconfianza que los anarquistas han demostrado frente a los partidos políticos y sus instituciones.
En una oportunidad se encontró frente a una manifestación obrera que portaba banderas y pancartas; su comentario a Janusz fue el siguiente: «Esta gente está tan segura de sí misma, tan convencida de su justicia. Dominan la calle y piensan que son los poderosos del mundo. Pero están equivocados: detrás de ellos están preparados los secretarios, los funcionarios, los políticos profesionales, todos estos modernos sultanes a quienes ellos preparan el camino del poder. (...) La rebeldía se evapora y sólo queda el barro de la nueva burocracia. La soga de la torturada humanidad está trenzada con los papeles de la burocracia».
Sería extraño e incomprensible que las ideas políticas de Kafka no tuvieran influencia sobre sus escritos porque sustancialmente el estrato anarquista es uno de los signos centrales de sus grandes creaciones, cuentos, relatos y alegorías.
De sus tres novelas más conocidas, «América» es la que está menos influida por sus ideas libertarias. Sólo dos pasajes son una excepción en este sentido, pasajes en los que se expresa la analogía entre el autoritario grupo de oficiales de la marina, funcionarios y representantes estatales, y el obrero que se queja por alguna injusticia. Kafka mismo describe este estado como «los sufrimientos de un pobre hombre que es oprimido por los poderosos». La misma circunstancia aflora en su «Lámparas nuevas», un hecho que sirve siempre como demostración de las inquietudes sociales de Kafka. En este relato hace un paralelo entre el abatido delegado de los obreros mineros, que viene a quejarse de las lámparas que no funcionan y el «gentleman» de la administración que se burla de su justa demanda. La profunda oposición entre el astuto sector superior y la clase baja de la galería es la característica fundamental en este relato. Otro hecho del mismo género encontramos en sus «Diarios». El administrador de una compañía de seguros (similar a la conocida por Kafka) echa, humillándolo, a un pobre obrero enfermo y desocupado que va en busca de empleo. Toda la alharaca de las elecciones norteamericanas son calificadas por Karl Rossman como una gran parodia, a la luz de la desconfianza anarquista en el sistema electoral.
En su segunda novela, «El Proceso», surge el problema de la burocracia autoritaria como uno de los temas fundamentales de la obra. Es cierto que en «El Proceso» está subrayada la parte burocrático-jurídica del aparato estatal, antes que la político-militar, que los anarquistas más combaten. Este hecho puede ser fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Kafka mismo fue un burócrata de la justicia, trabajo que le producía náuseas.
Josep K., la candorosa víctima de «El Proceso» es detenido una mañana y nadie puede explicarle la causa de su arresto. Es juzgado en un tribunal en el que no se le permite apelar a los jueces de suprema instancia; que no reconoce la defensa, aunque la tolera en parte; sus decisiones resultan incomprensibles; los jueces no se dejan conocer, pronunciándose al final por un fallo que ordena: «muera como un perro».
La posición de Kafka frente a las leyes de Estado surge claramente en su relato «El problema de nuestras leyes». Aquí describe un pueblo dominado por un pequeño grupo de aristócratas que guardan en secreto las leyes cuya misma existencia está puesta en duda. La observación cuasi-anarquista de Kafka es: «Si surgiera un partido que diera por tierra no sólo con cada creencia y cada ley sino también con la aristocracia, entonces todo el pueblo lo apoyaría».
La falta de leyes es suplantada en «El Proceso» por la presencia de una poderosa organización jurídica que Joseph K. critica con indignación: «Una organización que no sólo se vale de corruptos funcionarios, inspectores imbéciles y jueces inquisidores —que en el mejor de los casos son moderados—, sino que incluso el jefe máximo de la jerarquía jurídica se sirve de toda una caterva de servidores, funcionarios, policías y demás ayudantes. Tampoco me abstendré de decirle a esta poderosa organización ¡verdugos! qué significa, señores míos, que personas que son jurídicamente inocentes son detenidas haciéndoselas objeto de investigaciones absurdas».
«El Proceso» describe la máquina legal desde el punto de vista de las víctimas, los hombres humildes y sumisos: una jerarquía burocrática, absurda y de dura cerviz que no sabe de misericordias.

El Castillo
En «El Castillo» Kafka se ocupa directamente del problema del Estado, la burocracia. El país que describe es una veraz versión de la cruda realidad, que conoció y vivió en el Imperio austro-húngaro.
«El Castillo» opone la fuerza, el poder y el Estado al pueblo, que tiene su símbolo en la aldea. Este castillo es pintado y representado como algo extraño, hostil, que no permite su comprensión; constituye una especie de lejana y caprichosa fuerza que gobierna al pueblo por medio de una tortuosa jerarquía de burócratas de comportamiento absurdo, incomprensible, cursi.
En el capítulo V, Kafka nos describe una parodia tragicómica del mundo burocrático; la turbación «oficial» que el autor define como ridícula alarma. La absurda lógica interior de esta idea se descubre en toda su desnudez en las siguientes palabras del alcalde: «¿Que si hay oficinas de control? Hay solamente oficinas de control. Cierto que no están destinadas a descubrir fallos en el sentido bruto de esta palabra, puesto que tales fallos no se producen, y aun cuando alguna vez se produce un fallo, como en el caso suyo, ¿quién podría decir definitivamente que es un fallo?». El alcalde de la ciudad nos recuerda que todo el aparato burocrático está constituido tan sólo por oficinas que se controlan unas a otras... pero en seguida agrega que en la práctica no hay nada que necesite de un control. Por lo tanto, errores serios no se encuentran. Cada oración niega la anterior, y en resumen se demuestra la estupidez oficial.
En el ínterin algo crece, se extiende e inunda; papeles, papeles de oficina (como se expresa Kafka) con los que está trenzada la soga de la torturada humanidad. Un mar de papeles colma la oficina de Sordini.
Pero la culminación de la alienación burocrática se traduce en las palabras del alcalde que califica al aparato oficial como «una máquina autónoma que funciona por sí misma». Aquí Kafka trata el íntimo y más inhumano de los contenidos de la concepción burocrática: el proceso de alienación que transforma una estructura de relaciones humanas en un objeto petrificado, en una máquina ciega.
En «El Castillo» alude Kafka a la frecuente duplicidad de una serie de héroes. Klam, por ejemplo, se parece a un águila cuando se lo observa en sus funciones oficiales pero cuando este poderoso representante del castillo es visto a través del ojo de la cerradura, se nos aparece como cualquier otro burócrata: de estatura mediana, gordo, fumando y bebiendo cerveza, con bigotes en punta y gafas. Así se nos revela el mismo castillo: por fuera impenetrable, todopoderoso, pero mirado de cerca se ve que sufre no menos desgracias que la aldea.
El lado corrupto y feo del poder del castillo, surge de la lectura del capítulo Sordini-Amalia: la expulsión de la virginal muchacha, que no acepta las proposiciones deshonrosas del funcionario.
La propensión de Kafka a descubrir el rostro de la pequeñez, la mediocridad y la inmoralidad que están tras la magnífica fachada del Estado, tiene también su expresión en otros escritos. En «El Proceso» nos pinta a un juez que ocupa con descaro su estrado judicial, pero por las declaraciones de Leni nos enteramos de que en realidad está sentado sobre un simple banquillo de cocina cubierto por una vieja manta; el antiguo y respetado Código en el vacío recinto de justicia resulta ser una colección de fotografías de relatos pornográficos. El mismo motivo lo encontramos en una cantidad de retratos de Kafka, como por ejemplo «Poseidón»; en éste el dios del mar se nos aparece como un burócrata mediocre, que sentado a su mesa de trabajo se dedica a efectuar simples operaciones de aritmética.
«El Castillo» trata el problema de la impotencia del hombre frente a la diabólica farsa, a la pedantesca, a la complicada, brutal y ridícula táctica del omnipotente aparato de gobierno. No sólo Kafka, como un extraño y un «perturbador», sino todos los que protestan contra el poder son triturados sin misericordia por la «máquina», no por medio de un golpe mortal directo sino con lentitud, indirectamente y con astucia, absorbiéndoles la médula de sus huesos. En esta novela se ataca al poder político y burocrático como tal. Igual que los pensadores anarquistas, no critica una forma determinada de Estado sino su esencial y universal contenido y significado: el poder institucional jerárquico.
Pero este análisis de «El Castillo» y «El Proceso» puede ser considerado como parcial si no agregamos que la actitud de Kafka y de Joseph K. frente a la autoridad no consiste sólo en una pura rebeldía; encontramos también en esta actitud cierta reverencia temerosa, es un esfuerzo por ser reconocido. Esta situación ambivalente la encontramos en la actitud de Kafka frente al padre y en su relación con la misma autoridad divina.

En la colonia penitenciaria
Entre los relatos cortos de Kafka, el más significativo desde el punto de vista político es «En la colonia penitenciaria»: un vigoroso grito de protesta contra la bestial autoridad y la falsa y extraña justicia.
Con frecuencia se ha opinado que a través de este relato previó los campos de concentración nazis. Pero Kafka pintó una determinada realidad de su época: el colonialismo francés. Los comandantes y oficiales de la prisión son franceses que «no quieren olvidar su hogar»; los sumisos soldados, los obreros-peones y la víctima condenada a muerte, son nativos que «no entienden una palabra de francés». Kafka introduce el trasfondo colonial para subrayar la brutalidad de determinados gobernantes. Este poder autoritario es más brutal que el que encontramos en «El Castillo» y «El Proceso».
En su obra «En la colonia penitenciaria», Kafka nos habla de la cruel venganza de un poder iracundo. Un desgraciado conscripto es condenado a muerte por no cumplir con las órdenes y por faltarle el respeto a sus superiores. Fue encontrado en falta en un irrisorio deber: saludar cada hora de la noche la puerta de su cuarto; al recibir de su capitán un fustazo en la cara, tiene este soldado la osadía de rebelarse contra la autoridad, y faltando toda responsabilidad de defensa de acuerdo con el reglamento de disciplina de los oficiales, es condenado a morir por medio de una máquina de tortura que graba en su cuerpo: «¡Respeta a los que están delante de ti!». Pero esto no es lo esencial de su relato, pues si tan sólo fuera ése el contenido no habría diferencia alguna entre el relato de Kafka y centenares de otros relatos sobre presidios y correccionales. La figura central de «En la colonia penitenciaria» no es el investigador ni el penado, el oficial o el comandante, sino la máquina.
El relato gira alrededor de la máquina infernal, su origen, su papel y su significado. La máquina, según las palabras del oficial, se convierte con el tiempo en un fin en sí misma. La máquina no existe para infligir el castigo al hombre, sino que el hombre está destinado a la máquina, para servirle como alimento, con su cuerpo, a fin de que pueda grabar sobre él un estético texto con letras de sangre, decorado con flores y otros ornamentos. Hasta el oficial sirve a la máquina, pues al final cae él mismo víctima del Moloch que no satisface su hambre.
Kafka vuelve nuevamente a las raíces del problema: el proceso de alienación que convierte al objeto, a la creación humana, en un amo opresor, autónomo y extraño. La máquina domina al hombre y lo destruye en vez de prestarle ayuda y servirle.

¿A qué máquina devoradora de víctimas propiciatorias se refería Kafka? El relato «En la colonia penitenciaria» fue escrito en octubre de 1914, tres meses después del estallido de la Primera Guerra Mundial.

lunes, 18 de mayo de 2015

CHATARRA ROCKERA

... viendo estos vídeos de bandas como la japonesa Z-Machines o la alemana Compressorhead, integradas exclusivamente por robots, uno puede imaginar un futuro musical bastante distópico en el que fríos cacharros de metal, que parecen sacados de Terminator, interpretan música compuesta por otros o hacen versiones de clásicos del rock, que algún grupo de ingenieros recién licenciados y de pelo largo y aspecto grunge se ha encargado previamente de convertir en «0» y «1», en algún garaje o en el laboratorio de alguna facultad. No hace falta darle mucho al magín, pues ya en la actualidad existen músicos que hacen algo parecido, sólo que con menos talento y, sin duda, menos entusiasmo que el que le ponen estas brillantes máquinas de múltiples extremidades, cuyos "improvisados" cabeceos hacen las delicias de sus seguidores. Yendo más allá en este acto imaginativo, uno puede asistir a la creación de grupos de fans o pensar en groupies que van persiguiendo por todo el mundo a sus ídolos, dispuestas a todo por hacerse con alguna de sus tuercas, o por mantener con alguno de los miembros de la banda (o, por qué no, con todos) un apasionado idilio electro-neumático... 
Quién sabe, tal vez en el futuro, la robótica y la informática hagan posible que robots como estos compongan e interpreten (y puede que hasta sean capaces de improvisar) sus propias canciones...

 
«Squarepusher», por Z-MACHINES

«Blitzkrieg Bop» (versión del tema de Ramones), por Compressorhead

«T.N.T.» (versión del tema de AC/DC), por Compressorhead 

domingo, 22 de febrero de 2015

«EL REENCUENTRO (ÅTERTRÄFFEN)» - ANNA ODELL

Reseña publicada en www.larepublicacultural.es

Título original: Återträffen (2013)
Dirección: Anna Odell
Intérpretes: Anna Odell, Sandra Andreis, Kamila Benhamza, Anders Berg, Erik Ehn, Niklas Engdahl, Per Fenger-Krog, Robert Fransson, Sara Karlsdotter, Henrik Norlén, Cilla Thorell, Malin Vulcano
Guión: Anna Odell
Fotografía: Ragna Jorming
Duración: 88’
País: Suecia
Productora: French Quarter Film

El reencuentro debe su título al encuentro que muchos años después, en otoño de 2010, reúne a un grupo de hombres y mujeres que compartieron sus años de escuela, cuando eran los alumnos del noveno grado “C” de un colegio de Estocolmo.
En la primera parte del filme asistimos a lo que en principio parece que va a ser una agradable fiesta llena de anécdotas y recuerdos, y bien lubricada con alcohol, y que pronto se revela como un reencuentro lleno de tensión, donde uno de los personajes, Anna (interpretado por la propia directora de la película, Anna Odell), a quien nadie se acordó de invitar a la reunión, aparece inesperadamente y comienza a reprochar a sus antiguos compañeros las intimidaciones, burlas y acoso a que le sometieron durante aquellos primeros nueve años de vida escolar.
En la segunda parte, el personaje protagonista, artista dentro de la película, trata de reunir a sus antiguos compañeros de colegio, de manera individual o en pequeños grupos, con la excusa de mostrarles una película (la primera parte de El reencuentro) y grabar sus reacciones, para hacer con ello una suerte de documental.
¿Cine dentro del cine?, ¿ficción o realidad? En El reencuentro la frontera que separa ficción y realidad es lábil, hasta el punto de que el espectador no llega a saber si los actores son realmente actores o son personajes reales haciendo una película, o si la primera parte de la película es ficción y la segunda es documental, o si en la vida real la directora y actriz protagonista, Anna Odell, sufrió realmente algún episodio de acoso escolar durante su infancia. De hecho, hay una secuencia en la que un personaje se encuentra con el actor que hace de él y entre ambos mantienen un interesante diálogo sobre esta circunstancia. Por otro lado, está ese concepto, no menos lábil, de la «realidad», ¿qué es la realidad?, ¿lo que veo yo?, ¿lo que ven los demás? Un suceso puede percibirse de manera muy diferente, dependiendo del punto de vista del observador, de su situación en la jerarquía social o de su personalidad. Y eso por no hablar de cómo la memoria, o el instinto de supervivencia, tiende a manipular el recuerdo de ciertos hechos del pasado para hacerlos más «digeribles».
El reencuentro habla del abuso escolar, de ese hostigamiento hacia algunos compañeros que son capaces de perpetrar algunos niños («sólo éramos unos niños», se justifican los personajes) y siempre dentro de esa jerarquía de la que habla Anna: los «guays» y los «pringaos»; es decir, los que están arriba frente a los que están abajo, un esquema simple que se acaba reproduciendo, de manera inexorable, en cualquier grupo u organización social, más o menos grande. La directora interpela al espectador, pues sabe que este ha asistido en su época de colegio a episodios similares, bien como abusador, bien como víctima, o acaso como cómplice silencioso, y le hace reflexionar sobre ello, le hace internarse en los laberintos de la memoria y de la culpa, como ese perturbador plano secuencia que aparece en la película, haciendo de hilo conductor, donde la cámara avanza, en silencio, por los pasillos desiertos de una escuela.
¿Qué pasaría si algún día la situación se invirtiese? Anna no habla de venganza, asegura que simplemente quiere que sus ex-compañeros sean conscientes de todo el daño que le hicieron, y así aprender de ello. Además, ¿por qué nadie la invitó a la reunión? Es interesante ver las reacciones de aquel grupo de tiernos escolares: algunos han madurado y se sienten avergonzados del episodio, incluso alguno pide disculpas; otros dicen que han olvidado, que no recuerdan; hay otros que reconocen los hechos y no sólo no se arrepienten sino que los justifican, y el espectador puede entrever cuál ha sido la evolución que han seguido sus vidas, y cómo se han engarzado perfectamente en esa élite de «guays» a la que parecían predestinados. Reacciones perfectamente humanas, como se ve, y que podrían ser extrapolables a colectivos más grandes, ¿no hay en la biografía de cualquier persona o en la historia de cualquier nación episodios más o menos lamentables y que siguen ahí, en nuestra memoria (individual o colectiva), regresan una y otra vez, y estamos condenados a gestionar esos recuerdos, a ratificar o a rectificar ciertos hechos, ciertas conductas, a asumir o a intentar olvidarlos, tal vez incluso pedir disculpas? Humana, y muy valiente, es también la reacción de la protagonista al enfrentarse a su pasado y a sus maltratadores.
La capacidad de Anna Odell para remover conciencias ya había quedado patente en su obra Unknown woman: 2009-349701, donde, tras fingir un estado psicótico en plena calle, fue ingresada en un hospital psiquiátrico de Estocolmo. La performance era su proyecto de graduación en la escuela de Bellas Artes de Estocolmo.


jueves, 29 de enero de 2015

«A TUMBA ABIERTA» - ORIOL ROMANÍ

... fragmentos extraídos de la novela A tumba abierta de Oriol Romaní, publicada por Libros de Itaca (www.librosdeitaca.com)...

«Y entonces, ¿qué hacen?: se traen dos camas a mi bujío, una litera, sí. Se traen las dos camas y dicen: «Mira, nosotros vamos a dormir aquí, que tal que cual...». Y digo: «Vale». Meten ahí las camas, se acomodan, arreglan un poco aquello y, allí, en el bujío aquel, se me meten 6 kilos de kiffi. Empezamos a fumar, y me dicen que si quiero vender petardos a la gente. Digo: «Pues vale». A cinco duros el petardo. Claro, en el desierto era más caro, era más difícil de encontrarlo en el desierto que en África. De cada petardo, me ganaba un duro yo. Pero, en esa época, viene el teniente Perico y me trae un borreguillo blanco, así, pequeñajo; me lo trae de Canarias, y me lo pone allí, en el bujío, para que yo le dé de comer y tal; lo quería para mascota de la bandera, pero como era muy pequeño... Vale. Lo mete allí, en el bujío también, en el foso ese. Bueno, pues estaba el borrego y las pacas de alfalfa; unas pacas de alfalfa seca para que el borrego comiera. Pero se me meten esos allí con el kiffi. Y todos los días liábamos petardos, allí los tres a liar petardos, ¿no? Petardos de dos papeles pero mu finitos, así de pequeños. Y me daban a lo mejor 300 petardos, para que los vendiera. Pero yo cogía y me liaba, a lo mejor, 200 petardos de la alfalfa del borrego... y al borrego le daba los palos de la alfalfa, ja, ja. ¡Al borrego lo tenía más mosqueao! Comía papeles, se comía colillas... la alfalfa el pobre no la veía... Bueno, el día que me pillaba de buenas, sí, le daba un puñao; le daba hasta mareos, al borrego aquel. Resulta entonces que yo llevaba a lo mejor 200 petardos de alfalfa en un bolsillo y 200 de kiffi en otro. Y como yo tenía movimientos —estaba preso, pero era pa dormir, nomás—. Yo tenía movimientos y podía ir pa un lao y por otro, en la zona de trabajo. Pues me fui a la cantina, al mesón, y empezó a correr la voz que tenía petardos. Claro, como a todos les gusta y allí escasea mucho, venga, todo el mundo a comprarme. Venía un tío, a lo mejor con una borrachera como un piano: «Oye, ¿tienes costo?». «Sí, ¿cuántos quieres?». «Bué, dame ocho». Doscientas pesetas, ocho petardos, ¿vale? Y yo si lo veía muy a gusto, le daba ocho petardos de alfalfa. A lo mejor el tío al día siguiente se le pasaba la borrachera y venía y me decía: «Oye, a mí... ¿Tú qué me has vendido a mí ayer? Vaya kiffi más chungo». «¿Cómo que chungo?». «¡Sí, eso no vale pa ná, hombre! Estuvimos fumando y eso no colaba ni ná». «¿Que no valía?» Entonces sacaba un petardo bueno y le decía: «¡Toma, enciende esto!». El tío lo encendía, fumaba...: «Ves, ¡esto sí que es bueno!». «Pues es el mismo que te fumaste ayer. Así que págame los cinco pavos de este». Así me vendí los seis kilos de kiffi en petardos y las pacas de alfalfa del borrego. Que me viene el teniente y me dice: «Oye, ¿qué le pasa al borrego ese que no crece? Cada día está más canijo...». «¡Joder!», le digo, «si s’ha comío la alfalfa entera...». Pero no, «ese borrego necesita mejor trato». «¿Mejor trato? Pero si lo tengo aquí todo el día. Es más, no lo tengo ni amarrao...». ¡No lo iba a tener amarrao: si lo dejo suelto me deja sin alfalfa! Se me come hasta la camisa. Hasta que me quitaron al borrego, se lo dieron al cabo de gastadores para que lo cuidara él, ¿no?

(...)

Bueno, el primer día cuando me senté a comer, yo me senté en la mesa arremangado hasta aquí, con todos los tatuajes al aire y mi madre me dice: «¡Pues no es marrano el tío ese! ¡Pero mira cómo vas! Anda, ve y lávate esos brazos...». Bueno, me voy, me lavo los brazos, me los enjabono, pun, pun, agua, y vuelvo otra vez. Y me voy a sentar y me dice: «Pero, ¿no te he dicho que te laves los brazos?». Y digo: «Pero si ya me los he lavado, mamá». Dice: «¿Y todas esas cosas? ¡Quítate todos esos muñecajos!». Digo: «No salen, mamá». «¿Cómo que no salen?». Digo: «¡Que no!». Dice: «¿Que no salen? ¡Ven p’acá!». Y me lleva a la pica de la cocina, y me coloca un estropajo de aluminio y el jabón ese de lavar las grasas, y empieza a darle al brazo... Al cabo de un momento le digo: «Mamá, que me haces daño...». Dice: «Que eso lo saco yo...». Digo: «¡Que me haces daño!». Hasta que me mosqueé, solté la mano y dije: «¿Qué passa, no?». Me lavé con agua el jabón y dije: «Mira, mamá, que esto no sale. Para sacarlo, tienes que sacar la piel». Dice: «Pues en mi mesa no te sientas tú así; ¡ponte una camisa de manga larga!». Pues vale. Yo eso fue una onda muy... chunga, porque yo venía de la Legión ya bastante quemao, ¿comprendes? Y ya había estao en la cárcel, en la Legión, había estao preso mucho tiempo y, ya venía más quemao... yo lo que quería era paz y tranquilidad.